La Morada Marchita

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La Morada Marchita

Mensaje  Le Blanc el Lun Feb 14, 2011 1:09 am

- Corría y corría Sebastián Sin Suelas, con muchacha en brazos. Pero la maldición de la bruja del lago tomaba efecto, y con cada paso perdía fuerzas el ladrón. Sus piernas ya no le permitían correr y la muchacha cayó de sus frágiles brazos. Al poco tiempo, el padre de la joven y demás hombres armados lograron alcanzarlos. El joven se encontraba de rodillas, pidiendo perdón y diciendo desde el fondo de su corazón que había aprendido la lección. Uno de los hombres grandes soltó una carcajada ante las súplicas, e impactó al bandido con una abanicada de su mazo. Este voló varios metros y se estrelló contra un árbol, y nunca más se supo de aquel muchacho que no resistía el robarlo todo -

Así hablaba la mujer del tutú llamativo, cuáles atavíos eran más acordes para un infante que para un adulto. Tenía la distinción de ser la cuentacuentos favorita de la Rosa Muerta, y por lo tanto, su palabra era ley para quienes estaban en el escenario. No se había ganado la predilección de aquel ser con simples sonrisas. Era el resultado de una habilidad de poder ver más allá de lo evidente, de poder anticipar los caprichos de su captor. Un único aplauso se resonaba en la gigantesca habitación, un enorme aplauso para quien portaba el nombre de Marité. El Hada estaba satisfecha por hoy.

El escenario se vaciaba lentamente, a lo cual su Captora le mandó llamar. Decir que mantenían una conversación hubiera sido una burla, ya que esta le atropellaba con sus opiniones, permitiéndole que a lo mucho asintiera a sus comentarios. Era su ratoncita cuentacuentos, y le hacía saber que pronto tendría que tener preparado otro espectáculo de este tipo. Al otro lado del escenario, un par de perdidos recogían el deshecho cuerpo de Sebastián, el cual parecía un muñeco de trapo. Ambos se miraron en sorpresa, ya que sus extremidades se encontraban sin por ningún lugar y tenía un enorme cráter en su abdomen. Murmullos después, se adentraron a la labor de repararlo por enésima vez.

Ante tal desastre, usaron pegamento, tornillos y otras chucherías, dándole el aspecto de un muñeco hecho de partes usadas. Había desarrollado oscuras grietas tanto alrededor de sus ojos como en sus labios, ya que solían cosérselos con aguja caliente para mantenerle quieto. No tardo mucho en desaparecer la Rosa Muerta, y el semblante de la chica del tutú se transformó en un instante. Era como si aquella sonrisa y jovialidad que le caracterizaban se hubieran esfumado, como si se hubiera quitado aquella máscara de esperanza, ya que su peso era insoportable.

De seguro, ese rostro se enjuagaba constantemente en sus propias lágrimas, y de continuar así correrían aquella bella pintura que le recubría, con su inocencia de paso. Las risas de los niños surcaban en su cabeza, en como repetían en divertidas canciones lo que aprendían. Alegres, llevándose algo de valor al hogar, algo que contarles a sus padres. Aún en la oscuridad, él podía recordar los rostros sorprendidos de los pequeños que frecuentaba. Ya fuera mediante una pirueta, algún gesto o una historia, sus pesares se borraban como por acto de magia, aunque fuera temporal.

Habiendo terminado la labor de remendar, aquellos dos replicantes se retiraron a algún escondrijo en aquella enorme casa. Marité se encontraba frente a él, sumergida inexpresivamente en sus pensamientos al intentar descifrar los siguientes caprichos de su señora. Sin Suelas se sienta, el dolor evidente en la mueca retorcida que su semblante no puede esconder. Cada cuál sumido en su particular pesar, y aún estando a escasos pasos no intercambian palabras. Pasan largos los minutos, en los cuales ambos tan solo se miran.

- Vámonos, Sebastián… -

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- No entiendo. ¿Quién la entretendrá con historias si tú te vas? -
- No lo sé, Sebastián. Ya te dije que no lo sé. Pero no me importa, yo ya lo he visto y tú me matarás. A mi no me van a rearmar como a ti, ya se conseguirán otra como yo -
- Pero, que hay de no- -
- ¡Basta! Si no lo haces, yo tomaré ese cuchillo y te lo enterraré muchas veces y no te vas a morir. ¡Más te vale que lo hagas! -

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Me aburro...

Mensaje  El Cuentista el Lun Feb 14, 2011 10:35 pm

Me aburres. Mucho.
Tu siempre estás sangrando.
Te caes y sangras.
Te pegan y sangras.
Te pinchan con un palo, y sangras.
Y luego te salen todas esas cosas transparentes de tu cara. Esas que mojan el piso, y ensucian mi lindo piso de caoba.

Pero ya sé que haremos contigo. Te enviaremos con la Bruja.

Te quitaremos esa piel sucia, que mancha cuando se rompe, y te pondrán una piel nueva, brillante, lisa, que podamos pintar con cualquier traje, para cualquier ocasión.

Te quitaran esos tontos huesos que se asoman cuando caes desde muy alto, y te pondremos unos hermosos brazos huecos, y piernas huecas, para que no se salga nada cuando te caigas.

Y esos ojos que gotean tanto, te los cambiaremos por unos hermosos ojos negros, de sololoy, que se muevan a donde tu quieras, y por donde puedas ver aunque no haya luz.

No te preocupes, mi muñequito. Tu y Maurice irán con el Gatote, pero tu regresarás. Maurice es el pago. Tu regresarás a divertirme.

Ahora solo necesito que dejes de mojar el piso de mi casa de muñecas.



Pasos ligeros, pasos suaves se deslizan sobre la madera obscura...

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Re: La Morada Marchita

Mensaje  Marité Malsonante el Jue Feb 17, 2011 11:37 am

Cuentan los que saben que todo comenzó una noche sin luna, cuando la muñeca despertó, alterada y con lágrimas surcando su rostro teñido de rosa. Las mejillas rojas despintaban, caía pintura carmesí sobre su camisón de olanes y encajes... la pobre muñeca respiraba agitada, sollozando, y sus manos regordetas temblaban, sin descanso, a la vez que sus labios se abrían y cerraban una y otra vez, sin articular palabra, sin emitir sonido. Temblaba y balbuceaba cosas sin sentido, silentes, angustiantes, pero sólo una palabra pudo entender el vacío de su pequeño cuartito adornado con peluches y rosados:Sebastián...

Sebastián era, innegablemente, quien se negaba a posar la punta de un enorme cuchillo sobre su pecho cubierto únicamente en una túnica blanca, mientras ella estaba recostada en un sofá que ahora era más rojo que blanco. Al fondo del cuarto se veía, inmóvil, el cuerpo de un fornido hombre con la tez como el ébano, quien minutos antes dejó a la doncella en el piso, para defenderle de la ira del Caballero Sin Suelas.

Una voz retumbaba en el pequeño saloncito de juegos, el mismo tono, aburrido, mientras Sebastián sostenía el cuchillo, inmóvil, mirando a la muñequita con la vista nublada por el llanto, susurrando su nombre en sollozos entrecortados:
- "Y el Príncipe Azul la castigó, por traicionera, por haberle engañado con el Rey Quijote" - y con una risita de su Captora, el cuchillo comenzó a hundirse lentamente en el pecho de la doncella, sin importar el gesto de dolor del caballero blanco... el dolor la dejó inconsciente, y entonces despertó, lo que nos lleva al inicio de esta historia.

Y cuando volvió al presente, vio a su único amigo frente a ella, mirándole, consternado, entendiendo ahora el motivo de su súbita decisión y decidió acompañarle. Su rostro se veía descompuesto, como si una de las múltiples costuras en sus pequeños labios negros se hubiese fracturado y sólo la piel tirante y lastimada sostuviera todo el peso de su tristeza.


- Entiendo ahora, Marité. E iré contigo, cueste lo que cueste... aunque digas que me rearmarán una y otra vez, todo eso se acabará cuando encuentren un muñeco que no necesite reparaciones, y entonces, sólo entonces se desharán de mí, después de un largo tormento y noches en vela, en las que sólo pensaré ¿por qué no te acompañé? -

- Lo siento... yo... no debí hablarte así, no a ti, que eres el único que está de mi lado y comprende lo que siento, lo que pasa, pues eres, como yo, sólo un instrumento en la eterna e inverosímil labor de nuestra Captora. -


Se despidieron en silencio, ella sólo asintió mientras él se levantaba, dio media vuelta y se dirigió a su cuarto, pensativa, ideando mil y un maneras de dejar esa prisión...

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Pasaron semanas antes de consumar el plan. Lo tenían todo perfectamente organizado, o al menos eso pensaban... esperarían a que Ella durmiese su siesta vespertina, esa que toma justo después de comer y antes de la representación de los viernes, y entonces, tomarían algunas provisiones y saldrían de ahí, rápido, sin ser vistos, sin ser notados.

Y todo el camino fueron tomados de las manos, pensando qué harían cuando fuesen libres, a dónde irían, si todo estaría igual... Sebastián hablaba de cosas que Marité no conocía y Sebastián preguntaba sobre eso que ella quería comer y llamaba hamburguesas. Conforme avanzaban hacia El Laberinto, las risas les llamaban, los recuerdos lejanos de lo que algún día fue su vida perfecta.

Risas infantiles, canciones ingenuas. Era increíble todo lo que esos dos tenían en común... y entonces escucharon otra voz, una que no querían escuchar más. Pies pequeños, descalzos, deslizándose sobre el piso helado del salón. Un bostezo que a ambos hizo se les erizara su piel artificial, un reclamo en voz baja a todos los demás, y finalmente, la amenaza de que si no los encontraba alguien más tendría que morir en lugar de su cuentacuentos.

Sebastián volteó a verla, intranquilo. Marité le miró a los ojos, angustiada. En ese momento debían decidir, inevitablemente, si deberían renunciar a todo lo que habían planeado para ambos, juntos. Suspiraron y dieron la vuelta, de regreso... pero algo detuvo al mimo, que sujetó a la muñequita de la mano y le dijo, valiente, aunque su voz temblaba:


- Házlo tú... a mí me rearmarán, a tí no. La escuchaste, alguien tiene que morir y espero convencerle de que ya has muerto. -

Y en ese momento apareció, de uno de sus bolsillos sin fondo, una pequeña navaja... que encajó varias veces en las manos de la muñequita, quien le veía contrariada, asustada, su rostro en un rictus de pánico, ¿sería acaso que su profecía se cumplió de todas maneras? Pero cuando el mimo se alejó ella pudo sonreír, a medias... entendiendo, se paró en puntas, le dio un beso en la mejilla y le abrazó, dejando trazos de su sangre fresca en las ropas negras de su amigo.

- Pero pronto vendrás a reunirte conmigo, ¿verdad, Sebastián? Y seremos amigos, y recorreremos el mundo, y haremos reír a miles de niños, ¿verdad? -

El mimo sólo sonrió y comenzó el camino a casa, sin asegurarse siquiera de si la muñequita tomó su camino o llegó a su destino. Ella dio la vuelta, con el pesar sobre sus hombros, y entró a uno de los portales que con tanto trabajo habían encontrado... semanas después llegó a un lugar que parecía, extrañamente, algo así como un pueblo abandonado, cuya entrada era un arco gris, enorme...

Y de él, se dice que desde entonces habla en susurros, ocultando sus emociones, protegiéndose en su cara blanca para no revelar los secretos que ahora guarda... para no revelarle a su Guardiana que no mató a su amiga, que no la hizo cachitos y que no la enterró en varias partes del Laberinto, cuando ella quiso escapar.

El silencio es el mejor amigo de aquellos que guardan secretos, según cuentan los que saben. ¿Y qué pasa cuando el silencio se convierte en lo único que tienes?


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Re: La Morada Marchita

Mensaje  Le Blanc el Vie Mar 11, 2011 1:12 am

Nadie sabe exactamente que pensamientos se apoderaron de La Rosa Muerta después de que su cuentacuentos favorito desapareció en tan solo un abrir y cerrar de ojos. Hay quiénes dicen que lloró por doce días y doce noches sin cesar, más otros cuentan que nadie lamentó su ausencia y fue suplida al instante que la Guardiana se aburrió. Si con alguien se encontraba molesta, era con su pequeño muñeco de sololoy, quién en sus palabras, era quién estropeó todo de nuevo. Había ensuciado sus manos y la preciada alfombra de la dueña de la casa con ese líquido rojizo, por lo que tenía que ser reprendido.

Las tardes seguía siendo el entretenimiento de la Guardiana de la casa, siendo las obras igual de demandantes para el cuerpo del muñeco. Pero ahora no tenía a Marité el pequeño Sebastián para intercambiar lágrimas, por lo que lo dejaban colgando del perchero de la entrada principal como castigo. Gruesos taquetes mantenían sus muñecas y rodillas afianzadas a la estructura, para que así no pudiera moverse al menos que alguien lo bajara.

Ya había pasado la hora de la cena, y era normal que todos fueran a las recámaras que les correspondía para dormir. Entre la fatiga y el haber sido reconstruido esa misma tarde, Sebastián Sin Suelas se había quedado dormido por agotamiento. Unos pasitos que parecían venir de un muñeco de goma se comenzaron a acercar hacia la puerta de la morada.

-
Hey, patas chuecas, ¿cómodo allá arriba? - abrió a medias los ojos el maniquí, esa voz le era familiar, aquella voz chirriante - vaya que te metiste en problemas. Ahora tendrás que esperar a que el enfado se le pase – sus ojos dieron con aquella figura que le hablaba.

Una criatura rosácea y hedionda le miraba desde la alfombra de la recepción, al cuál reconoció inmediatamente como Pelusa de Niño. Uno de los tantos replicantes que hacían lo que su señora le ordenara, con el fin de mantenerla tranquila y evitándole razones para acabar en medio de sus obras. Seguía mirándole con esa sonrisa de patán, disfrutando cada segundo que tenía a aquella desgraciada figura frente a él.

-
¿Y que machacaste a la del tutú hasta que las manos te dolían, es eso cierto? - decía entre risas que no podía contener - pero bueno, mañana es un gran día. ¡Al menos para mí!

-Por favor, espera... - pronunció repentinamente, ganando la atención de la pequeña criatura - necesito que me ayudes, te lo suplico - la mirada del pequeñín se tornó de burlona a intrigada, probablemente desconcertado que siquiera le dirigiera la palabra el chico de cerámica y cristal. En pequeños brincos regreso y sin despegar sus diminutos ojos de él, continuó molestándole.

-
¿Debería yo ayudarle a alguien tan malo como tu? - su desconfianza era evidente en cada palabra - me metería en graves problemas, y a cambio de nada. A ver pues, ¿qué es exactamente lo que quieres? -

-
Tan solo quiero... - su rostro se contorsionaba en una mezcla de dolor y tristeza - tan solo quiero poder entrar a su cuarto una vez más. Te dirán lo que quieras de mí, pero verdaderamente le extraño. Déjame llorar ahí una última vez, y me volverás a colgar - sus palabras salían con suma lentitud, costándole por el peso que significaban para él proyectarlas.

Era la voz de un joven, una que Pelusa había estado escuchando, cada inflexión y cada armonía. Rápidamente maquinó algo en su pequeña cabeza, y trepándose a una mesa cercana, prosiguió.

-
Mira pues, te voy a ayudar a bajarte - se encontraba decidido - pero hasta que te vuelva a colgar, me darás la música de tu voz. Me lo tienes que prometer Sebastián, porque no te la voy a regresar al menos que cumplas tu parte. ¿Estamos claros? - el ambiente se volvía cada vez mas tenso, como las cuerdas de un instrumento a punto de reventarse. La respuesta no tardo en llegar.

-
Te lo prometo. Solo bájame - el trato había sido hecho, y la figura comenzó a trepar rápidamente, quitando con mucho esfuerzo los maderos que sostenían al muñeco en su lugar. Su caída hizo un sonido hueco, y se quedó con el rostro al suelo por varios segundos.

-
¡Pero que linda voz tengo!- daba pequeños brincos de emoción, siendo sus palabras tan melodiosas como las de una persona común y corriente - pero eres tonto. ¡Muy tonto! ¡Ella sabrá, y le diré que destruya ese perchero o que se deshaga de ti! ¡Pero como eres tonto! - le veía, más su sorpresa era cada vez mayor al ver como se ponía de pie el muñeco, irguiéndose y superando la altura de Pelusa por más del doble.

-
¿Ahora quién es el tonto?- su voz parecía morir al salir de su boca, y ágilmente tomó uno de los trozos de madera y lo clavó en la boca de la criatura. Se retorcía en dolor, más tal era la perforación que se encontraba anclada al suelo y solo inaudibles quejidos emanaban de su boca. No moriría, más su intención era otra totalmente distinta.

El resto del cuento es incierto, más se dice que corrió a la velocidad que sus piernas falsas le pudieron otorgar. El viaje a través de Las Espinas fue lo más doloroso para él, ya que de sus antiguas heridas brotaba aquella sangre olvidada, y sus alaridos eran tales que se tuvo que arrastrar días enteros para poder llegar al otro de El Seto. Se cree que aquella mazmorra lo mantuvo vivo al cobrarle con sus memorias, entre ellas, sus sobrenombres y el recuerdo de su mejor amiga, Marité.

Sobre ella, se dice que la bella pintura que le recubría terminó por correrse, y que ahora la felicidad que muestra en sus acciones tiene que ser forzada, o caerá en interminables llantos. En esos ojos solo hay tristeza, ojos vacíos que ven más allá de lo evidente. Ella tampoco le recuerda, siendo aquel desdichado Laberinto quién los separó en el camino a casa.

Sobre él, se dice que se encontró en tierra que no era suya, en la cuál lo primero que escuchó fueron gritos, tanto de sorpresa como a manera de insultos. Se le conoce como Le Blanc el Vagabundo, quién mora en las noches por las calles de la ciudad y habla en susurros mortecinos.

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Re: La Morada Marchita

Mensaje  Sue Silvertongue el Vie Mar 11, 2011 7:52 am

OOC
Estan geniales los cuentos *-*
Me encantaron todos Very Happy
Algún día escribiré alguno
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Sue Silvertongue

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Re: La Morada Marchita

Mensaje  Aqua el Vie Mar 18, 2011 3:10 am

Yo tambien hare un personaje que haya vivido en su Casa de Muñecas, RULES!!
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Re: La Morada Marchita

Mensaje  Rendell el Jue Mar 24, 2011 1:24 pm

Exelentes historias ahi se puede vislumbrar un poco de su keeper interesante
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Rendell

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Re: La Morada Marchita

Mensaje  Tank el Vie Mar 25, 2011 9:47 pm

OOC:

I cried man-ly tears...

Muy buenos los dos relatos. Me gustaron mucho. Muy buena mancuerna.

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“Mataste a mi amigo. Secuestraste a mi hermana de batalla. Viniste hasta mi casa a burlarte de mí. Pero cometiste un error: ¡Me dejaste vivir! Hasta la más oscura noche termina cuando llega el amanecer…”
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Re: La Morada Marchita

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